Interacciones y consecuencias del consumo combinado de alcohol y cocaína: una actualización sobre el cocaetileno

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Resumen
Los pacientes que solicitan tratamiento por consumo de cocaína y abuso de alcohol, presentan peculiaridades respecto de los que sólo consumen cocaína. La ingesta de alcohol como detonante del “craving” y conducta de búsqueda compulsiva de cocaína, influye en haber una mayor perdida de control del consumo, más problemas sociales, más conductas de riesgo y antisociales. Hipótesis: la presencia de un metabolito denominado Cocaetileno, resultante del consumo simultaneo de alcohol y cocaína, podría explicar, la mayor toxicidad y compulsividad de estos episodios. Metodología: Se realiza una revisión de la literatura científica sobre las consecuencias de la interacción alcohol-cocaína. Resultados: La interacción metabólica alcohol-cocaína incrementa el potencial tóxico de ambas sustancias por separado. El cocaetileno actúa como tóxico per se. Su presencia en el organismo provoca mayor riesgo potencial en los consumo simultáneos de alcohol y cocaína. Existen concentraciones de cocaetileno más significativas cuando el alcohol se administra previamente a la cocaína. Los resultados de la investigación básica muestran que, gran parte de las diferencias observadas en la acción de ambas sustancias, cuando se ingieren conjuntamente, pudieran estar debidas a modificaciones en la farmacocinética de dichas drogas y a la potencial acción del cocaetileno lo que, sumado a las respectivas acciones del alcohol y la cocaína, podría ser la base de la mayor gravedad de los cuadros clínicos observados.
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Mediante el análisis de esta investigación se evidencia como la combinación de cocaína y alcohol producen una interacción metabólica que incrementa la toxicidad y la compulsión, y se asocia a mayores problemas sociales, laborales y de pareja.
Esto reitera que las conductas adictivas no operan en aislamiento, sino que causan una alta afectación en contextos familiares, laborales, económicos y de seguridad del individuo que ya a desarrollado trastorno por uso de sustancias.
En base a esto el abordaje debe contemplar no solo la dependencia de sustancias, sino también la experiencia emocional y las conductas de búsqueda de alivio o escape y la afectación de sus relaciones interpersonales.
Para esto el enfoque debe centrarse en la persona y su contexto considerando aspectos como vivienda, empleo, red familiar, redes de apoyo y factores de riesgo sociales.
La revisión me parece enriquecedora ya que describe las condiciones de consumo que uno observa frecuentemente en pacientes con dependencia a ambas sustancias; es usual que cuando narran sus patrones de consumo, mencionen que el inicio del alcohol antecede al de cocaína ya que perciben un fenómeno potenciador de sus efectos psicoactivos cuando lo realizan de esa manera. Pocas veces reconocen el alto riesgo de la combinación, sobre todo cuando realizan el consumo en contextos como fiestas o actividades sociales con otros usuarios de drogas. Algo parecido describen aquellos que usan "speedball", o mezcla de cocaína con heroína. No es raro tampoco encontrar a estos usuarios en servicios de emergencias cuando sufren intoxicaciones agudas o incluso síndromes coronarios, aunque algunos intenten ocultar el uso de cocaína ya que perciben mayor estigma hacia dicha sustancia.
Buenas noches, me parece muy importante conocer esta información, porque si bien podemos comprender el riesgo del consumo de cada sustancia psicoactiva e inferir que el consumo de varias sustancias puede empeorar el riesgo, en este caso es una explicación muy amplia y específica de no solo la suma de efectos sino la potencialización de los mismos con un claro mecanismo de acción. Además en la cotidianidad he escuchado que las personas utilizan la cocaína para "aguantar" más alcohol, que en muchos contextos una capacidad de consumo alto de alcohol puede ser como un "atributo" que refuerza la "masculinidad", por lo que se puede volver en estos casos particulares un abordaje retador.
En la experiencia clínica con usuarios de este tipo de drogas he notado, como señala en el artículo, que son sujetos que muestran aparente control sobre el uso de otras drogas con las cuales han tenido historia de abuso o dependencia, lo que hacen notar que su uso de cocaína es un problema, lo cual esperan abandonar; sin embargo, esperan mantener un uso social y moderado de alcohol. En su cadena de aprendizaje se encuentran las conductas antecedentes que inicialmente le llevaron al consumo de alcohol y luego se aprecia el uso de la cocaína como parte de la sesión de consumo donde se van alternando el uso de cada una de ellas, agravando la intoxicación, lo cual se explica con la aparición del metabolito llamado cocaetileno que ahora se entiende incrementa el potencial de toxicidad de ambas drogas.
Este fenómeno se evidencia de manera consistente en la práctica clínica, donde los pacientes refieren el consumo combinado de alcohol y cocaína, sustancias que ejercen efectos depresores y estimulantes sobre el sistema nervioso central, respectivamente. Según los relatos clínicos, el consumo suele iniciarse con alcohol, con el propósito de facilitar la desinhibición conductual y mejorar el desempeño en las interacciones sociales. No obstante, tras un período prolongado de ingesta, los individuos experimentan efectos depresores, lo que los conduce a incorporar el consumo de cocaína con el fin de contrarrestar dichos efectos y prolongar la ingesta de alcohol, buscando restablecer las sensaciones iniciales de bienestar subjetivo, fluidez comunicativa y placer emocional.
La evidencia científica señala que la combinación de alcohol y cocaína incrementa de manera significativa la toxicidad sistémica debido a la formación de cocaetileno, un metabolito con mayor vida media y mayor potencial de toxicidad . Estos hallazgos resultan congruentes con los testimonios recogidos en el ámbito clínico. De igual modo, es pertinente destacar que el consumo concomitante de alcohol y cannabis se asocia a un aumento del riesgo de consecuencias adversas graves, incluyendo eventos potencialmente letales.
En el contexto actual, se observa un incremento del poli consumo de sustancias psicoactivas, acompañado de un aumento progresivo de la tolerancia y de una búsqueda constante de mayores niveles de estimulación y placer. En la consulta clínica, los pacientes suelen manifestar malestar psicológico significativo, dolor emocional persistente y dificultades en la regulación emocional.
Desde una perspectiva clínica y psicoterapéutica, estas manifestaciones sugieren la presencia de déficits en habilidades de afrontamiento, resolución de problemas y manejo emocional, lo que podría favorecer el uso de combinaciones de sustancias como una estrategia desadaptativa de malestar interno.
Desde mi experiencia clínica, la dinámica de consumo descrita suele presentarse con frecuencia en un patrón reiterado. En muchos casos, el consumo de cocaína ocurre posterior a la ingesta de alcohol, con la finalidad subjetiva de contrarrestar los efectos depresores de este último y “mantenerse activos” o prolongar el estado de vigilia. Esta combinación tiende a reforzar un ciclo de consumo problemático, dado que la persona percibe de manera inmediata un efecto funcional o “beneficioso”, al considerar que la cocaína le permite extender el tiempo de ingesta de alcohol y sostener la interacción social. Sin embargo, esta percepción responde a una interpretación distorsionada de los efectos farmacológicos, ya que la coadministración de ambas sustancias no solo incrementa el riesgo de dependencia, sino que también potencia los efectos adversos a nivel neurobiológico, cardiovascular y conductual. A largo plazo, este patrón favorece la consolidación de creencias disfuncionales en torno al consumo —por ejemplo, la idea de que una sustancia “compensa” o “equilibra” a la otra— lo que dificulta la toma de conciencia del riesgo y perpetúa el ciclo adictivo.